En Cali, mirá, ¿se sabe gozar?

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En una ciudad donde la salsa tiene la diversidad de matices de sus calles y sus gentes, el ritmo debería ser una razón que reúna y no que segregue.

La experiencia me ha dejado claro lo siguiente: no se enseña poniendo en evidencia la ignorancia del otro sino buscando la manera de despertar el deseo de aprender. Así pues, no se trata de quien demuestre saber sino de las veces que ese mismo conocimiento logra multiplicarse en los demás. Ciertamente así debería suceder con el tema de la salsa en Cali, pero el problema estriba en la disputa insistente de los que creen poseer todo el conocimiento y muchas veces —situación aún más lamentable— de los que en realidad lo tienen. La discriminación y el desprecio frente a los que desean aprender es cada vez más evidente. Hay una fuerte tendencia hacia el desprestigio de todo aquello que no esté dentro de los cánones impuestos por algunos sectores específicos de la ciudad. Cito un caso concreto: el caso de los melómanos, a quienes se les debe la preservación y el rescate de una discografía recóndita y de gran valor investigativo.

El acecho de los melómanos a las joyas musicales de orquestas insignes y underground enriquece el corpus individual y las estanterías personales. Sin embargo, esos tesoros que deberían lucirse como un patrimonio cultural de disfrute colectivo terminan en el mayor de los casos atesorándose con recelo y escuchándose en espacios exclusivos en los que se alimenta el ego con cada pasta que acaricia la aguja del tocadiscos. Cabe precisar que no ocurre con todos y que tampoco son los espacios los que están fallando, sino el discurso de los propietarios de esa inmaculada colección. El fetiche del coleccionismo de elepés no solo resulta ser una pasión necesaria sino que tristemente se convierte en una obsesión huraña y de apartamiento.

En Cali, mirá, ¿se sabe gozar?

Foto: TigoUne

¿Y sí hay cama pa’ tanta gente?

Por otra parte, tampoco creo que lo anterior legitime la frase conformista y sedentaria «entre gustos no hay disgustos». Por supuesto no se trata de agredir al otro conforme a sus preferencias musicales; sin embargo, el hecho de que algo guste no quiere decir que necesariamente tenga un valor estético y cultural que deba resaltarse. No se pueden perder el sentido crítico ni la escala de valoración para diferenciar lo que está bien hecho de lo que no lo está. Por lo regular, la frase en sí misma pasa de agache y se camufla entre la permisiva mediocridad general, como un escudo de papel que se arruga con la primera arremetida. Hay que buscar la manera de crear un balance; un agenciamiento eficaz.

Pese a ello, los criterios del goce y la apropiación de los ritmos en la salsa debieran respetarse como punto de partida, para así crear un equilibrio en el que solo pueda beneficiarse el devenir Cali como Capital Mundial de este género. Urge entender, por ejemplo, que la formación del oído del músico resulta ser más técnica, pues en parte depende del instrumento que interpreta y del estilo desde el que se siente influenciado; que la aprehensión del bailador es impulsiva, pues su interés está anclado en aquello que le permite un movimiento corporal inmediato aferrándose con seguridad a cada paso y cada vuelta que ejecuta. Por su parte, el gusto del melómano se desprende de la historiografía o el conjunto de elementos que rodean la pieza musical y que van desde los nombres de los músicos que participaron, pasando por las fechas y los sellos discográficos, hasta las anécdotas durante el proceso de creación. En ese orden de ideas, la clasificación de los salseros podría ampliarse al definirse cada uno de los rasgos distintivos; pero tampoco se trata de establecer una zoografía salsera sino de encontrar el punto de convergencia desde el que se lleguen a establecer los lazos que finalmente fortalecerán el cauce de este fenómeno cultural.

Evidentemente hacen falta más iniciativas que congreguen a los distintos públicos y que también ayuden a crear otros nuevos, con asertividad en los discursos y en las formas de proceder sin perder el rigor; involucrando tanto las sonoridades clásicas como las emergentes, siempre con la convicción de que lo que se comparte esté dentro del conjunto de lo bien logrado, de lo que perdura por su calidad estética.

Con anzuelo tan chiquito no se pesca tiburón

No creo que me apresure al atreverme a afirmar que el gusto heterogéneo es lo que ha hecho de Cali el epicentro. «Un sueño atravesado por un río», versaba el poeta Eduardo Carranza; pero habría que agregar que es un río musical y que en él desembocaron todas las vertientes rítmicas afrocaribeñas: el bugalú y la pachanga, el son cubano y el bolero antillano, la salsa neoyorquina y la boricua, la salsa romántica y la timba. Desde entonces ha perdurado el desborde de festivo encanto. Por ende, tratar de eliminar alguna de estas vertientes a juicio de un capricho personal o de un esfuerzo purista sería acabar con todo un ecosistema musical. En ocasiones hay que darle un tratamiento a sus aguas, es cierto, pero el enfoque debe ser cauteloso y de manera colectiva. El pez grande no debe seguir comiéndose al chico. Cali no puede seguir siendo ese conjunto de rivalidades en el que se desprecian incluso las iniciativas locales, lo que nace de sus entrañas.

Da la impresión de que el latente resquemor de muchos se debe a que la gente ha logrado bañarse dos veces en ese mismo río, que a su vez se manifiesta en «las mismas canciones» y «la misma rumba». Es cierto que ese río debiera mezclarse con agua de mar para ir refrescando los sonidos que van haciendo parte de la ciudad. Sin embargo, cuando emerge algún proyecto con miras hacia dichas intenciones, el apoyo es mísero y laberíntico. Ese es el principal problema cuando en aguas mansas todos quieren ser tiburones desafiando a cuanto pez se les atraviesa en el camino.

Ya es hora de empezar a abrir espacios de debate en los que participen los distintos actores de este gremio. Sin rencores ni aspavientos ha llegado el momento de revisar qué tan cierto es eso de que en Cali, mirá, se sabe gozar.

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